miércoles, 18 de junio de 2014

La Caja de Música (Parte 2)

El viento soplaba con fuerza aquel crepúsculo de finales de Julio. Las ramas de los árboles se doblaban como si fueran simples astillas, las hojas y los papeles se arremolinaban en el aire y en el suelo. Incluso las señales de tráfico y los paneles informativos parecían a punto de salir volando. El viejo tiovivo de latón no dejaba de sonar.

 -¿No puedes hacer que ese cacharro se pare?- se volvió a quejar el joven de ojos verdes, aparcando frente al antiguo caserón, todo de piedra y con un pórtico de madera y ladrillo.

-Lo siento, pero ya lo he intentado varias veces y es imposible- contestó la chica de ojos grises nacarados. 

La muchacha abrió la puerta, que emitió un chirrido de bisagras que resonó en toda la casa. Entraron cautelosamente y en silencio, roto por el eco de los zapatos de tacón de Elora. El lugar estaba lleno de polvo, las persianas estaban bajadas y las cortinas corridas. El viento se deslizaba por las grietas y rendijas originando susurros fantasmales. Los muebles estaban cubiertos con sábanas amarillentas y deshilachadas y el espectro del tic-tac de un reloj se escuchaba en la lejanía, como si se encontrase en la última habitación del piso superior.

 -Esto está igual que siempre-dijo la muchacha, acercándose a uno de los muebles y quitándole la cubierta. Era un hermoso piano de madera de caoba-Aunque con algo mas de polvo…

 -No hay luz- Informó dietrich, tras pulsar varias veces un interruptor. Su acompañante asintió.

De pronto, un fortísimo ruido hizo que ambos se volvieran. La puerta se había cerrado de golpe, llevándose la poca luz que quedaba en el exterior. Se quedaron en la más absoluta oscuridad.

 -Menos mal que hemos traído linternas-dijo el chico, encendiendo la suya. Elora lo imitó-Voy a mirar en el sótano, haber si puedo dar con los conectores.

 La joven asintió y colocó la caja de música sobre el piano. Mientras recorría lentamente el salón comenzó a recordar fragmentos de su infancia. Todos los veranos los había pasado en St.Thomas, en aquella casa. Pero el año en que cumplió los quince ocurrió esa tragedia que la marcó de por vida y desde entonces se negó a volver a aquel lugar.

 Algo llamó su atención de repente. Era un antiguo baúl, situado en una esquina de la estancia. Al contrario que el resto de mobiliario no estaba cubierto con nada y, aun así, no tenía ni una mota de polvo. Se acercó lentamente, extrañada. Se inclinó sobre él y se dispuso a abrirlo. Entonces se quedó rígida, con todos los músculos de su cuerpo en tensión. Acababa de sentir una mano helada sobre su espalda. Se giró sobresaltada, con el corazón desbocado.

 -lo siento, no pretendía asustarte-dijo Dietrich-los plomos está fundidos, no tenemos más luz que la de las linternas.

 -Tienes las manos heladas,¿lo sabías?

 -¿en serio? ¿Cómo lo sabes si ni te he rozado?

 - No bromees con esto-la chica chasqueó la lengua-No eres convincente.

 -Te digo la verdad, Lora. Tengo las manos calientes- el chico le tocó la mejilla. Efectivamente, era un tacto cálido.

 -Entonces… ¿qué es lo que yo he sentido?

 -Quizás es que hay…-

 -¡No lo digas!

 -…Fantasmas-terminó el joven, con una mueca burlona, luego miró el baúl

 -no lo había visto en mi vida- dijo la joven, leyéndole el pensamiento e inclinándose nuevamente sobre él.

Lo abrió. Estaba repleto de cajas de música de todos los tipos y tamaños. De diferentes épocas, de distintos materiales.

 -Esto debe de ser una broma-dijo Dietrich-¿Es cosa tuya, Lora?

 -¿Quién es ahora el escéptico? –Inquirió la aludida-Por cierto…¿esto no está muy tranquilo?

 -Si…la caja de música ha dejado de sonar…-murmuró el joven. En ese instante unas notas melancólicas empezaron a brotar del piano. Las teclas estaban siendo pulsadas y la triste melodía inundaba el lugar, poniendo los pelos de punta a los dos amigos. Allí no había nadie más a parte de ellos.

 -Lora…El piano se ha encendido solo… ¿tiene función automática?

 -No seas idiota…..es demasiado viejo para eso….-  Sus voces estaban quebradas. No querían girarse. No querían mirar.

Un incómodo nudo se encargó de dificultar el paso de saliva por la garganta. La respiración de ambos se agitó. A Elora comenzaron a temblarle las piernas. Entonces las cajas de música se accionaron a la vez y salieron flotando del baúl. Se escuchó una risa macabra que fue adquiriendo gradualmente un tono infantil. Como una voz en off demasiado inquietante. Los dos jóvenes caminaron lentamente hacia la puerta, pegados el uno al otro y más blancos que la cal.

Súbitamente las cajas de música se lanzaron contra ellos, estrellándose algunas contra la pared y otras alcanzando a sus objetivos. Los chicos se tiraron al suelo a la vez. Dietrich gateó hasta resguardarse bajo una mesa. Elora subió las escaleras como bien pudo. El joven respiró hondo y tragó saliva. Eso no era exactamente lo que había pensado que ocurriría. Esperaba que Elora llevase la razón, que no hubiera fantasmas. Se lo restregaría por la cara y poco más, pero esto escapaba a sus conocimientos.
El chico notó un frío antinatural junto a él y se giró. Lo que vio lo dejó paralizado, sin poder moverse ni articular palabra. Con los ojos y la boca desencajados. No podía ni pensar. Delante de él, a gatas, estaba una mujer de piel del color del papel, casi translucida, ojeras muy pronunciadas y cabello largo, castaño claro y empapado. Le miraba con sus ojos enfurecidos, fijamente, sin pestañear. Sus labios se despegaron y emitió un chillido agudo de dolor.

Cuando Dietrich parpadeó, ella ya no estaba, pero seguía sin poder moverse del miedo. El grito de terror de su amiga le hizo reaccionar. Corrió torpemente escaleras arriba. Los gritos de la chica provenían de la cuarta puerta por la izquierda. El joven forcejeó desesperadamente con el pomo, pero estaba cerrada con llave. 

-¡No! ¡Aléjate de mi!-las palabras de ella le perforaban los oídos. - ¡Déjame!

 -¿¡Elora, estás bien!?- Era una pregunta estúpida-¡Abre la puerta!

 -¡No te me acerques! ¡Vete!- ella parecía no oírle

 -¡Lora, ábreme!- Dietrich golpeaba con fuerza repetidas veces la puerta cerrada mientras las frases desesperadas de la chica se le clavaban en la mente y el corazón como puñaladas traperas.

 A cada grito, a cada palabra, mayor era el dolor. Tenía las manos rojas y resentidas de tanto golpear la puerta. Y llegó al extremo de llorar lágrimas de rabia e impotencia, angustiado por no poder hacer nada por la chica.

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