miércoles, 23 de abril de 2014

Capítulo VI


CAPÍTULO VI

Crystal iba a matarle. Le metería la pistola en la boca y dispararía, sin contemplaciones. Luego tendría que desinfectar toda la casa pero ¿Qué más daba? Terminaría el trabajo sometiéndole al peor de los calvarios; la incertidumbre de saber cuando apretaría el gatillo, robándole la vida.
Pensaba liquidarlo de forma indolora o, al menos, de forma rápida. Con arsénico, quizás. Pero él había entrado en su cuarto de baño y, por consiguiente, en su habitación. El joven empresario había roto una de las reglas que le había impuesto, nada más conocerle, al violar su intimidad.
Caminó con paso decidido por las calles de la ciudad, pensando en la mejor manera de torturarle. No sabía con exactitud cuando había entrado, pero había tenido mucha suerte de que no le entrasen ganas de curiosear más de lo que seguramente ya había curioseado. La habitación estaba llena de pruebas incriminatorias contra ella. Las mas evidentes eran la enorme colección de pelucas, ocultas en el doble fondo del armario, y el arsenal guardado bajo llave en uno de los cajones de la cómoda.
Subió al ascensor y pulsó su piso. Ya lo tenía más que decidido: entraría y le pegaría un tiro en cada pierna. El resto llegaría solo. Sacó la pistola de su escondite en el botín derecho, la recargó, observando cada una de las balas, y la amartilló. Las puertas del ascensor se abrieron y la joven caminó lentamente hacia la entrada de su piso. A cada paso que daba el pulso se volvía más irregular. Sentía la boca seca. ¿Por qué diablos estaba tan nerviosa? Solo era un estúpido juerguista sin mucho fondo. Metió la llave en la cerradura y la giró, abriendo la puerta con lentitud mientras ejercía cierta presión sobre el arma.
Escuchó como alguien depositaba un vaso sobre la mesa de cristal del salón y el sonido amortiguado de unas voces. Apretó el paso, dirigiéndose hacia allí con decisión. Al llegar giró el pomo con rapidez, abriendo la puerta de par en par.
Nada mas entrar las circunstancias la obligaron a esconder la pequeña pistola en el bolsillo de su chaqueta en un ágil movimiento. Keith estaba sentado frente a una mujer morena, charlando alegremente. Ella se encontraba de espaldas a la recién llegada, que estaba dudando entre hacer como si no ocurriese nada y volver a su papel de mujer inofensiva o meterle un tiro a ambos.
  -¡Ah, Crystal!-exclamó su compañero de piso al verla- Tenemos visita.
La aludida forzó una sonrisa y sacó la mano del bolsillo, dejando la pistola en él.
La primera opción parecía mejor ahora que el joven había caído en su presencia. Inhaló una bocanada de aire y se acercó a ambos, sin dejar de sonreír. Iba a preguntar por la desconocida cuando ésta se giró y la miró, dedicándole una significativa sonrisa. Sus ojos pequeños, de color castaño claro y el lunar junto a la boca eran inconfundibles.
   — Hola, Crystal— dijo la treinteañera— Cuanto tiempo.
   —¿Qué estas haciendo aquí, Alicia?-Preguntó, desconcertada, al ver quién era— Creí que tenías trabajo acumulado.
   — Solo he venido a comprobar algo…Y a hablar contigo de un asunto sin demasiada importancia, al menos ahora mismo.
   — Bien, hablemos entonces.
   — Preferiría que fuese en privado, si no le molesta al caballero….  — volvió a sonreír.
   — Como quieras….contestó Crystal tras un asentimiento del joven.
La asesina la condujo a la cocina. Una vez allí comenzaron a hablar en francés, de manera mas relajada.
   — Espero que no hayas olvidado cual es el objetivo de todo esto.
   — Por supuesto que no lo he olvidado
   — Entonces, ¿quieres explicarme por qué sigue vivo?
   — Porque aún no le he sacado suficiente información. —  mintió, con total naturalidad  —  Sé que me oculta algo y quiero averiguar qué es y por qué no me lo ha querido contar.
   — ¡Tú curiosidad te pasará factura un día de estos! Ten cuidado con ella… No paras de decir que no eres curiosa pero lo cierto es que es uno de tus peores defectos.
—¿Es una amenaza?
   — Una advertencia. Él ya no nos es útil en ningún sentido, así que elimínalo.
Crystal resopló con pesadez.
   — Espero que no te hayas encaprichado o algo así— gruñó Alicia
   —¿¡Pero que dices!?
   — No serías la primera ni la última a la que le ocurre. El chico es mono y todo eso… Pero ya sabes como suelen acabar estas cosas.
   —¿Con quién crees que estas hablando, Alicia?— Crystal estaba enfadándose por momentos  — No soy una idiota mas de ese grupito de aficionadas y no me he encaprichado de él.
   — Lo sé. Y también sé perfectamente quién eres. Por eso te lo digo  — Hizo una breve pausa—  No me gustaría tener que meterte un balazo entre ceja y ceja, teniendo en cuenta nuestra amistad.
   — Si no fuera por tu visita inesperada le hubiera matado esta misma noche.
   — Pues hazlo ahora. No te detendré, eso seguro.
   —¿Y llenar el salón de sangre? Como se nota que tú no tendrás que limpiar luego.
   — Vale, hazlo a tu manera. Pero le quiero muerto en una semana como mucho. Y tranquila, si tienes problemas con la limpieza avísame y me tendrás aquí en menos de lo que se tarda en decir BANG.
Crystal asintió y ambas salieron de la cocina, riendo. 
     — Bueno, yo ya me voy. Nos vemos en el trabajo, Crystal  — dijo la morena, mirándola inquisitivamente— Ha sido un placer conocerte, Keith.
Al poco se escuchó el inconfundible sonido de la puerta principal al cerrarse.
La asesina resopló y se dejó caer en el sillón donde minutos antes había estado sentada Alicia. Era cierto. Ella no era como las demás. Jamás cometería un error tan tonto como ese. Además, cualquier sentimiento similar al amor estaba totalmente descartado y vetado en su vida. Entonces, ¿Por qué tenía la desagradable sensación de estar mintiendo?.
— Es guapa  — La voz de Keith la sacó de sus pensamientos. Le miró, algo perdida–Tu amiga, digo. Es guapa.
—  Eso dicen los hombres…  — respondió Crystal, incómoda. ¿Qué era aquel pinchazo en el pecho?
— Pero no tan guapa como tú  —  Su tono de voz parecía sincero, aunque también reflejaba jocosidad, con una amplia sonrisa coqueta decorándole el rostro.
La réplica de Keith hizo que la asesina se levantase de golpe y le mirase totalmente desconcertada. Le ardía la cara.
—¡Ey, si también sabes ruborizarte! —  rió el chico.
— ¡cierra la boca! ¡Idiota engreído! —  gruñó ella, huyendo a la cocina, con la cabeza gacha.
Aquello no estaba bien. No estaba nada bien. Apoyó la cabeza en la nevera y gimió frustrada. Sentía que su mundo se estaba desmoronando poco a poco y que el helado caparazón que había ido construyendo a su alrededor se derretía. Era incapaz de matar a aquel chico y unos sentimientos que no deberían de estar ahí la estaban asfixiando. Como no solucionase todo aquello pronto la que acabaría bajo tierra sería ella. Necesitaba ayuda, y rápido. Marcó un número de teléfono. El pulso le temblaba.
— ¿Úrsula? — Dijo la joven, nada más recibir respuesta — ¿Crees que podemos quedar para charlar un rato? Necesito ayuda…. Es urgente.

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