miércoles, 23 de abril de 2014

Capítulo V



CAPÍTULO V


La mujer se encontraba tumbada en el sofá, con un libro entre las manos. En realidad era solo una excusa para poder pensar con tranquilidad. Su compañero de piso seguía vivo y eso solo podía acarrearle problemas.
          —Uhmm… ¿Crystal? — la aludida miró al hombre de ojos verdes — Ha llegado esta carta y creo que es para ti, aunque no estoy muy seguro.
La asesina miró el sobre y lo cogió con cuidado, observándolo detenidamente. Era de papel de buena calidad, decorado con pequeñas flores de cerezo pintadas a mano a base de suaves y cortas pinceladas. El nombre del destinatario estaba escrito japonés. Un único Kanji que, de ser leído correctamente, significaba hielo.
La mujer miró al joven fijamente, sin pestañear a penas.
          —¿Quién te ha dado esto?
          —Me la encontré en el suelo, al abrir la puerta principal
          —Gracias — musitó ella concentrándose en la correspondencia.
Abrió el sobre con delicadeza y se encontró una carta de papel de arroz, escrita en japonés y perfumada con aromas florales. Leyó el encabezamiento, una frase simple: <<Por favor, Kôri-san…>> Con solo esa frase supo que la carta era realmente para ella. Y también supo de quién provenía. Se trataba, con toda seguridad, de la jefa de una banda matriarcal de yakuzas. Más concretamente del clan Kurohyô, bajo el mandato de Hibari-Sama, conocida entre los menos entendidos del japonés como Lady Hibari. No había muchas bandas matrialcales entre la escasa Yakuza afincada en Europa, de hecho, aquél era el clan principal de una serie de familias en las que las que verdaderamente mandaban y tenían el poder eran las mujeres, quedando los hombres relevados a un segundo plano.
Crystal le debía mucho a Hibari-sama, empezando por seguir con vida. Tras la muerte de sus padres, fue ella quien la encontró vagando sin rumbo por las calles, con la ropa cubierta de sangre y el rostro lleno de lágrimas, desorientada y sin saber que hacer. La mujer la había acogido en su casa y su familia y tratado como si de una hija se tratase, procurándole una completa educación y un entrenamiento exhaustivo que la definía como miembro del clan. Los tatuajes de su espalda eran testigos de todo ello. Cuando cumplió los 18 años, tras haber oído que sus padres habían pertenecido a la organización Sansburgo, Crystal pidió poder unirse a ella para descubrir más sobre su pasado. Pese a que muchas de las miembros del clan no estaban del todo de acuerdo, Hibari-sama lo permitió, bajo el juramento de ser leal a las Kurohyô y no alzarse jamás contra ellas. No le costó cumplir dicha promesa. Crystal la admiraba de sobremanera y agradecía enormemente la gran estima que la yakuza le profesaba. Pues era ella la que, habitualmente, la contrataba para sus trabajos.
Crystal leyó la carta con sumo cuidado, intentando no equivocarse en la interpretación de los kanjis. Sonrió ligeramente al terminar. Era un encargo, y de los gordos. Entre los yakuzas era habitual seguir la regla de ‘si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo’ pero, tras haber comprobado la eficacia de la joven encargo tras encargo, era habitual que los ajustes de cuentas de cierta importancia se los dejasen a ella.
La mujer se levantó pesadamente, bostezando, y dejó el libro sobre la mesa de café que había delante del sofá.
          —¿Y bien? — preguntó Keith, curioso — ¿Qué es lo que dice?
          —Es de una amiga, de Japón. Quizás pensaron que era para el vecino del segundo y él, en un gesto de amabilidad, me la pasó por debajo de la puerta.
          —Podría haber llamado al timbre…
          —El vecino del segundo no es muy sociable, además odia mi acento japonés.
El joven rió levemente
          —¿lo dices en serio?
          —Y tan en serio. En realidad no es lo único que odia de mí. Según él mi técnica en el arte del ikebana es desastrosa y que las figuras que hago con el origami son nefastas.
          —Me gustaría poder entenderte, pero me ha sido imposible.
—El ikebana es el arte del arreglo floral en Japón y el origami es parecido a la papiroflexia occidental
—Sabes mucho de Japón y su cultura. ¿Donde lo aprendiste?
—Viví algunos años allí….
La asesina no dijo nada más. Entró en su cuarto y cerró la puerta. Pasó al baño y abrió el grifo de la ducha. Mientras esperaba que saliese el agua caliente sacó un mechero del bolsillo y prendió la carta y el sobre. Era mejor no dejar pruebas incriminatorias. Una pena, pues los dibujos eran realmente bonitos. Se quedó observando como el fuego devoraba el papel y la tinta. Quedó hipnotizada mientras los kanjis desaparecían entre lenguas rojas y anaranjadas. El vapor del agua empañó el espejo y las cenizas cayeron lentamente al lavamanos.
Cuando el fuego consumió todo el papel, la joven levantó la vista fue entonces cuando algo la inquietó. A través del espejo pudo ver que la cortina de la ventana de su habitación estaba corrida. Y recordaba bien haberla dejado descorrida cuando se había ido.
Escuchó la puerta principal cerrarse pesadamente entre el sonido del agua y gruñó. Tendría que solucionar ese pequeño inconveniente más tarde. Definitivamente aquello no le había gustado un pelo.
* * *
El hombre entró en la casa de estilo oriental, quitándose los zapatos antes de pisar el tatami. El lugar estaba tranquilo y silencioso. Demasiado silencioso. Pero aquel yakuza, agotado después de haber participado en una frenética persecución, no lo notó. Como tampoco notó el pañuelo de seda azul colgado en la percha de la entrada, ni los zapatos de mujer junto al tatami. Si hubiera notado todo aquello no le hubiese quitado el cargador a la pistola, ni la hubiese abandonado en el mueble del recibidor. Si hubiese notado de alguna manera todos aquellos detalles, jamás hubiese bajado la guardia de aquella manera.
Al entrar a la salita vio a una mujer, de espaldas. Estaba sentada frente a una mesa baja sirviéndose un té de manera ceremoniosa. Llevaba su largo y brillante cabello, del color del carbón, suelto y vestía un exquisito kimono de seda fina en tonos azules, con el obi a juego y perfectamente atado, aunque se notaba que le quedaba un poco holgado.
  —Disculpe, ¿Desea algo, señorita?—la aludida no se movió, así que el hombre lo intentó en japonés- Disculpe…
El joven estiró la mano para tocarla, pero ella se zafó con un brusco movimiento.
  —¡Quieto!—siseó fríamente la mujer en japonés, sin girarse — ¿Kôsen Goro?
La pregunta le desconcertó. ¿Cómo sabía esa mujer su nombre? Se apresuró a contestar.
  —Si, pero… ¿Quién…?
  —Solo una mujer- contestó ella, adelantándose a su pregunta.
  —Encantado…—No supo si aquella respuesta era la correcta.
La sicaria permaneció en silencio, sin moverse. El mafioso tembló ligeramente, intentando entender que hacía aquella mujer allí, aunque ya tenía una ligera idea.
  —Problemas…—murmuró, retrocediendo un par de pasos. El miedo del hombre era evidente.
 En un movimiento inesperadamente ágil la mujer se giró y saltó sobre su victima. El japonés a penas tuvo tiempo de esquivar el ataque, tirándose al suelo y rodando. Uno de los últimos rayos de sol se reflejó en la afilada hoja de la katana que empuñaba la asesina. Goro miró los fríos y claros ojos de la mujer y lo entendió todo.
— Kôri-san… — gruñó, entre dientes. Kôri significaba hielo. No había que ser un lumbrera para adivinar que sabía quién le atacaba. En un salto imprevisto el hombre cogió una de las katanas que había colgadas en las paredes de la estancia — Asesina…Kôri-san…
La aludida empuñó la espada japonesa con fuerza y se puso en guardia. Sintió como la adrenalina le recorría las venas. No había nada más emocionante que dos luchadores de kendo enfrentándose con armas de verdad. Y si se le añadía el hecho de que Goro Kôsen tenía más experiencia que Crystal, la adrenalina de la joven se multiplicaba por diez.
 —Cuanto tiempo, Kôri-san —siguió diciendo el hombre, mientras sus nudillos adquirían una tonalidad blanquecina a causa de la fuerza que estaba empleando para sujetar la katana.
  —Si, Kôsen — contestó ella.
Él atacó, ignorando el hecho de que se jugaba la vida. O precisamente por eso se saltó varias de las normas básicas de todo asesino. El yakuza había perdido los estribos, se había puesto nervioso y lo estaba pagando. Mientras descargaba su ira contra la mujer, ésta interceptaba los golpes con una facilidad pasmosa. Un ligero movimiento hacia un lado, un grácil giro de muñeca para interponer su katana entre su hombro y el arma de su contrincante…Parecía una geisha efectuando una simple pero elegante danza antigua.
Aunque, a decir verdad, tras varios movimientos arriesgados por parte de Crystal, el hombre estuvo a punto de herirla.
En una de esas ocasiones, debido a que Goro intentó amputarle un brazo y que ella a penas tuvo tiempo de esquivar el golpe, un precioso cuadro con el monte Fuji de fondo y un árbol de cerezo en flor de primer plano quedó rasgado de extremo a extremo.
Y ese era uno de los estragos causados. La hermosa habitación decorada exquisitamente con obras de arte japonesas, tanto arreglos florales como cuadros y figuras, quedó destrozada debido a la pelea.
  —¡Uza! — gritó, furiosa, al tiempo que le clavaba la rodilla en uno de los riñones. Le encantaba esa palabra. Era una forma fácil y rápida de decir que algo era realmente molesto. El tipo perdió el equilibrio, pero consiguió levantarse con rapidez.
  —Antes de que sigamos con nuestro bailecito… — dijo él, jadeando —¿Se puede saber de qué se me acusa?
  — Juraste lealtad a Hibari-Sama y luego abusaste de su confianza y la engañaste, robándole en el proceso quince mil de los grandes y matando a varios miembros cercanos a ella. — La mujer le miró con ojos de la misma parca — Has mancillado su honor y el tuyo.
  — Y a ti te han pagado para liquidarme — El hombre rió socarronamente — Envían a una cría a hacer el trabajo de un adulto. Y para colmo una cría occidental…
  — Me conoces bien, Kôsen. Deberías haber aprendido a no menospreciarme — sonrió fríamente — sobre todo después de esto.
  — Jamás, nenita — Nunca permitiré que una occidental que acaba de salir de la cuna me mate.
 — Qué incordio… — susurró ella, volviendo a su anterior posición de combate — ¡Eres un engreído molesto!
Antes de que pudiese reaccionar, Crystal había corrido hacia él, girando la katana en el momento preciso y provocándole, en consecuencia, un corte trasversal en el pecho. Para la joven fue como cortar una barra de mantequilla con un cuchillo jamonero. La herida del hombre comenzó a sangrar. Intentó defenderse pero todo fue en vano. La asesina le provocó varios cortes más, uno en la espalda, dos en la pierna y otro último en el brazo. El herido cayó al suelo, de rodillas, sangrando abundantemente por todos lados. Miró a su verdugo a los ojos y escupió un diente.
  — Zorra…— logró balbucear, con la boca llena de sangre.
  —  Ésa es una palabra muy fea… ¿Algo más que añadir antes de que te remate?
   —  Pu…Púdrete…en el infierno… — A penas se le entendió lo que había dicho.
  —  Esperaba algo más original por tu parte, pero que se le va a hacer… - resplicó la joven con una mueca.
La mujer entornó los ojos.  El frío acero de la katana atravesó el palpitante y colérico corazón del yakuza, que se desplomó sobre el ensangrentado tatami.
   — Estúpido …   —  murmuró la joven con voz y rostro impasibles, mientras observaba el cadáver.
Su precioso kimono estaba lleno de jirones y manchado de sangre. Los increíblemente irreales colores del crepúsculo se reflejaron en el líquido rojizo que afrentaba el filo de la espada.
La mujer limpió con cuidado el arma y la enfundó. A continuación salió de la estancia prestando especial atención a no dejar huellas y se cambió el kimono por ropa de calle.
Tras esto, escondió la vestimenta y la katana en el interior de un tubo de color grisáceo, similar a los que se utilizaban habitualmente para guardar planos.
Salió de allí sigilosa y velozmente. Estaba exhausta y necesitaba una ducha. No había caminado siquiera quince pasos cuando se cruzó con un grupo de cinco japonesas que la saludaron ceremoniosamente, sin dejar de sonreír de manera cómplice.
Crystal apenas tardó unos segundos en reconocerlas. Eran cinco de las chicas de Lady Hibari y destacados miembros del clan Kurohyô especializadas en encubrir los asesinatos que el clan organizaba. Les entregó el tubo que contenía el arma y los restos del kimono y siguió su camino.
Llegó a casa sumida en sus pensamientos, cansada y deseando ducharse y dormir un poco. Si hubiese estado mas alerta quizás hubiese visto la figura masculina en el tejado del edificio de enfrente. Si hubiese estado más alerta podría haber distinguido el brillo de los prismáticos y la silueta del rifle con silenciador. Si hubiese estado mas alerta sabría que la estaban vigilando. 

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