jueves, 24 de abril de 2014

Capítulo IV


Capítulo IV: Erina
Erina miró al joven de rasgos asiáticos salir de la tienda con gesto contrariado y suspiró profundamente. Sabía perfectamente quién era. Por mucho que lo intentase era imposible engañarla, aunque había que reconocer que se había esforzado bastante, fingiendo un mal entendimiento del español y hablando en inglés. Pero la verdad había terminado por salir a la luz tan solo con sus actos (Especialmente cuando incluyó varias novelas en español entre sus compras algo que le había delatado del todo).  Había cambiado tanto en aquellos años... Era el vivo reflejo de Caleb, sin duda. Y el poder que irradiaba era tal que nada más poner un pie allí, Erina no pudo más que observarle, cegada por el reflejo de su don.
No fue difícil lograr que se le cayese la billetera, un simple conjuro de movimiento había bastado para sacarla de su bolsillo y transportarla hasta aquel pasillo sin que se diese cuenta. Necesitaba comprobar si todo estaba bien, solo para tranquilizarse. Por desgracia nada había salido como había planeado. Él había visto el libro, por supuesto. El manuscrito era demasiado llamativo como para que cualquiera pudiera pasarlo por alto. Por desgracia para ella y sus esperanzas, el libro había reaccionado y el amuleto también. Había sido casi automático, como si ambos estuvieran esperando aquel momento durante siglos. Y no había sido el único amuleto en reaccionar.
Días antes el de Aradia había brillado con tal intensidad que tuvo que obligarla a olvidar lo ocurrido. Aquello no era bueno, nada bueno. ¿Los tres, más los amuletos de Namrdys y el manuscrito de Ashrak activados, en el mismo pueblecito? Eso solo podía ser sinónimo de problemas. De graves problemas.
Volvió a suspirar mientras se dejaba caer en el taburete de detrás del mostrador y se cubría la cara con las manos. Habían pasado diecisiete años desde la revolución y catorce desde la muerte de los que habrían podido detener la catástrofe, pero jamás, ni en sus peores pesadillas, hubiese imaginado que la tranquilidad duraría tan poco. Durante aquellos años, Erina se había dedicado en cuerpo y alma a cuidar y proteger a la hija de sus amigos. La pequeña, sin culpa alguna de nada de lo que había ocurrido, se había quedado sola en el mundo y con una identidad y unos recuerdos bloqueados para evitar que otros acontecimientos como ese se repitieran. Pero, al parecer, de nada había servido la dedicación y protección de la mujer. Al final el destino había sido más fuerte que ella. Erina solo había sido capaz de retrasar la tormenta, pero esta parecía estar cobrando cada vez más fuerza en los últimos meses.
Se levantó con pesadez del asiento, barajando las posibilidades que tenían, mientras cerraba la tienda. Había llegado la hora de contarle la verdad sobre su origen a Aradia. ¿Se asustaría? ¿La odiaría? ¿La creería siquiera? Por su seguridad, eso esperaba. Después de todo, el tiempo que gastase en convencerla podría significar la diferencia entre salvar la vida o la muerte más espantosa jamás imaginada. Y Estaba en juego demasiado como para permitir que le ocurriese algo malo a cualquiera de esos dos chicos.
Un ruido sordo la despertó de su ensimismamiento. Erina, alarmada, corrió como alma que lleva el diablo hacia el manuscrito. Las estanterías comenzaron a caer casi a su paso y los libros salían volando con violencia, golpeando secamente contra las paredes. Sacó el códice de la vitrina lo más rápido que pudo pero, al girarse, una sombrea de humo negra y gris se alzó ante ella. Corrió hacia un lado y se encerró en la trastienda del local.
Rebuscó en sus bolsillos, torpemente y agitada, sin soltar el libro y temblando como una hoja de puro nervio y pavor.
La sombra rondaba la puerta.
Sacó un medallón antiguo, ovalado y dorado, con ribetes en los bordes y un gran rubí en el centro, rojo brillante. Lo apretó con fuerza contra el pecho.
La sombra de humo empezó a colarse por la rendija de abajo.
Murmuró unas palabras, apretando los dientes y rogando al cielo que aquello funcionase. 
Justo cuando la sombra terminó de colarse en la habitación, la mujer desapareció entre una espesa niebla azul.  Se había salvado por los pelos.
No por nada Erina Westlet era la líder de los Protectores. Brujos con poderes especiales destinados a cuidar y proteger a las distintas casas reales de Gaia. Una eminencia en su mundo, famosa, amada y odiada a partes iguales, destinada a grandes cosas y protectora absoluta de las más importantes familias de los cuatro reinos. Pero una simple librera en la Tierra. Una mujer con una chiquilla a su cargo. Alguien que no llamaba demasiado la atención.No parecía que el destino de aquellos dos mundos estuviera en sus manos y en que realizase  bien su trabajo. Cuanto engañaban las apariencias…

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