lunes, 14 de abril de 2014

Capítulo IV

CAPITULO IV
La asesina resopló y se dejó caer sobre la silla de la cocina, frente a una humeante taza de café.
Llevaba casi cuatro meses viviendo con su víctima y a cada día que pasaba se complicaba aún más el asunto de ocultar su identidad. Keith no sospechaba nada (o, al menos, eso parecía), pero las pruebas eran muchas y las llamadas de teléfono a altas horas de la noche los días que no trabajaba en los clubs, que solían estar ligadas a largas salidas nocturnas, no ayudaban. El joven no tardaría en preguntar o, aún peor, en investigar por su cuenta. Para empeorar aún más su humor sus indagaciones sobre el asesinato de su mentora y sus padres no estaban dando resultado alguno. Encendió un cigarro y le dio una calada. Sentía como cada centímetro de su cuerpo ardía de frustración.
          —El tabaco te va a matar-la voz del joven rubio, que entraba en ese momento en la cocina, interrumpió sus pensamientos — ¿sabes la cantidad de mierda que le metes a tu organismo con cada pitillo?
          —No me jodas el único vicio que tengo, Keith — repuso ella, mientras el aludido se servía café — Si no te gusta te largas y punto.
El empresario (si es que se le podía llamar así) se sentó frente a ella, riendo a carcajadas. La mujer arrugó el entrecejo, de mala manera.
          —Tienes vicios más saludables que el tabaco, Crystal
          —¿Y tú qué sabes?-contestó ella, de mala manera.
          —Eres una mujer bastante maniática y con varios vicios extravagantes. Pero el peor de todos es, sin duda, el hecho de que te estas matando a base de caladas.
          —De algo nos tenemos que morir, Doctor — repuso la aludida, ironizando esa última palabra. 
          “Mejor morir por el tabaco que morir rellena de plomo” pensó ella.
          —Morirás joven como sigas fumando. Y, por si no lo sabías, además de tu salud también empeoras la de los que están a tu alrededor.
La mujer le ignoró. Apuró el último sorbo de café y se sirvió un ron* con hielo. El primer sorbo del licor atravesó suavemente su garganta y el agradable sabor la reconfortó. Vio como acompañante se servía una copa pero no dijo nada.  
La manía de tomarse un ron* con tres cubitos de hielo a las diez de la noche era sagrada para ella y, últimamente, Keith la acompañaba con un whisky seco entre las manos.
Se quedaron callados un buen rato. Solo se podía oír el ruido de los cubitos al golpear el cristal y el líquido moviéndose. Fue Crystal la que rompió aquel silencio sepulcral en el que habían acabado sumidos.
          — ¿Puedo hacerte una pregunta? — El hombre asintió — vives con tu tío, ¿verdad? Entonces, ¿Qué pasa con el resto de tu familia?
No es que Crystal fuese curiosa, de hecho no le importaban lo más mínimo las vidas de lo demás, pero algo en su interior le decía que Keith ocultaba información importante. Algo que tenía que ver con ella o, por lo menos, con la corporación Sansburgo.
          — Fácil respuesta, no tengo familia, a excepción de mi tío. — respondió él, sin demostrar demasiada aflicción — Mi madre murió hace años, mi hermano  mayor se escapó de casa y mi hermana mayor murió en un accidente de coche dos años atrás — lo respondió del tirón, dando a entender que ya lo tenía asimilado — ¿Y la tuya?
          — Mis padres murieron cuando yo era una cría — la respuesta fue seca y contundente.
Le dio una calada a su cigarro, expulsando el humo con lentitud, mientras miraba por la ventana. Había empezado a llover.
          — ¿Y tu padre? —la pregunta de la mujer fue formulada al viento.
          — Era un cabrón. Se gastaba el dinero en alcohol, fiestas y mujeres de vida fácil, tú ya me entiendes… — La voz del hombre se turbó. — Un día se largó y no volvimos a verle. Sucedió años después de la muerte de mi madre. Nunca le he llegado a extrañar, ni tampoco me ha afectado el no tener presente la figura de un padre en mi vida.
          — ¿Y tu hermano? ¿Qué pasó con él?
          — Ni idea — apuró el ardiente licor e hizo una pausa — Supongo que en otro país y con otro nombre. O eso o está bajo tierra.
          — Así que huyes de los vicios y la mala vida…. — Ironizó, recordando las fiestas a las que era asiduo.
          — Respeto la ley dentro de lo que cabe y me cuido, si es a eso a lo que te refieres, pero eso no significa que sea un santo.
          — Me extraña que no te haya dado por algo mas fuerte que las apuestas y los clubs y fiestas de alto nivel, viendo tu pasado…
          —  Mi pasado es justo lo que hace que me aleje de toda esa mierda, Crystal. Me lo paso bien, pero eso no significa que tire de excesos. Además, controlar como van las inversiones de mi tío es parte de mi trabajo —  replicó él. — Hablas como una poli en pleno interrogatorio.
          —  Y tú acabas de adoptar la posición y las formas de un mafioso, Keith.
Un silencio incómodo inundó la cocina. Crystal no supo a ciencia cierta cuanto tiempo duró, solo que el móvil del empresario lo interrumpió bruscamente.
          —  Aquí Miles… ¿Cuándo ha sido eso?...Vale, ahora mismo voy para allá — El joven colgó y la miró — Una urgencia. Al parecer un cliente me busca… Ha pasado algo con no sé qué inversión… Bueno, debo irme.
Keith cogió sus llaves y su chaqueta y salió con rapidez del piso. La asesina miró el licor de su vaso fijamente. Nada más escuchar la historia de su padre, Crystal supo al instante que no le había contado toda la verdad. El joven ocultaba algo y no estaba dispuesto a contarlo por las buenas…y muy probablemente tampoco por las malas. Crystal suspiró y recordó la orden telefónica de aquella mañana. Al parecer su tío se había puesto excesivamente gallito y exigente con el jefe, creyéndose superior. Había que darle una lección a ese cretino por medio de su adorado sobrinito. Aquello debía de acabar lo antes posible. Ya se encargaría de averiguar la verdad sobre ese tipo después de haberlo liquidado.
          — Será esta noche  — susurró — se acabaron las contemplaciones.
* * *
Aquella madrugada la mujer se levantó de la cama y extrajo una pequeña pistola con silenciador de debajo de la almohada con cuidado. Había escuchado la puerta de la entrada hacía más o menos dos horas, anunciando que Keith había regresado a la casa (seguramente, tras una noche de juerga con el tipo ese que le había llamado), así que había esperado pacientemente a que se durmiera.
Amartilló el arma y cruzó el salón a oscuras, con lentitud, hasta llegar a la habitación del hombre. La luz de la luna atravesaba el ventanal, iluminando la estancia, por lo que le resultó mucho más sencillo moverse sin hacer ruido.
Abrió la puerta con cuidado y se deslizó al interior. La víctima dormía profundamente, bocabajo. La respiración pausada y el hecho de que los músculos de su cuerpo estaban relajados lo acreditaban. Aun así Crystal se quedó oculta en las sombras, observando con cautela. Tras varios minutos, finalmente decidió que estaba, efectivamente, dormido, por lo que decidió actuar. Se acercó aún más a la cama y le apuntó a la cabeza con la pistola. Tres disparos en la cabeza. Después llamaría a Alicia y se desharían del cuerpo. Sería algo fácil y rápido. Entonces, ¿Por qué? ¿Por qué le temblaba ligeramente el pulso? ¿Qué era esa presión en su pecho?
          —Hermana…no vayas hermana… — murmuró de repente Keith, entre sueños. — No me dejes solo…
Aquellas frases lastimeras desconcertaron a la mujer, que respiró profundamente y cerró los ojos, intentando que el eco de aquellas palabras no le afectase. Volvió a apuntarle pese a que el pulso, siempre firme, había comenzado a temblarle más que antes.
Un torrente de órdenes contradictorias se arremolinó en su mente. En su cabeza retumbaban frases y recuerdos, imágenes, como si de una película se tratase. Voces infantiles pronunciando su nombre, llamándola desesperadamente. Sangre. Mucha sangre. Lágrimas. Líquido rojo acariciando unos descalzos y diminutos pies infantiles. Cuerpos mutilados con ensañamiento….
Lo volvió a intentar una vez más, pero aquellas voces se hicieron más insistentes. El rostro del joven estaba iluminado ligeramente por la luz de la farola que se colaba entre las rendijas de la ventana. Parecía una escultura de mármol (si las esculturas de mármol respirasen y se moviesen). Crystal notaba que le faltaba el aire y que la sangre le latía fuertemente en la cabeza. Sintiéndose impotente y blanca como el papel, la joven apartó el arma y salió de allí, agobiada. Intentando hacer el menor ruido posible. Cruzó el salón casi corriendo, con la respiración entrecortada. Se lanzó hacia el cuarto de baño y se empapó el cuello con agua fría. Un sudor frío recorría su rostro. Sentía náuseas y mareos.  No pudo evitarlo, se derrumbó en el váter y vomitó.
Apoyó la culata de la pistola en su frente. El contacto de la piel con el frío acero la reconfortó bastante. Era la primera vez que Crystal Ice Saryn no pudo apretar el gatillo de su arma, sintiéndose indefensa.
Aquella noche esas horribles pesadillas volvieron a ella.

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