jueves, 24 de abril de 2014

Capítulo III


Capítulo III: Kai

Mi nombre es Kei Montenegro (aunque mi manager decidió por su cuenta que Key quedaba mejor) y no soy un chico normal. Para empezar mi aspecto llama soberanamente la atención. No solo por la ropa, los pendientes, los anillos o el hecho de llevar lentillas de colores llamativos. Eso es lo de menos. Lo que más resalta en mí son mis rasgos asiáticos y mi perfecto castellano a la hora de hablar. Eso se debe, principalmente, a un padre hijo de español y china y una madre japonesa y al haber nacido en España. Así que es imposible no fijarse en mí cuando voy por la calle. Por eso y porque soy famoso. Soy cantante desde los diecisiete años y modelo de revistas y anuncios desde los quince. Al principio mi madre no lo veía con muy buenos ojos, pero acabó por aceptarlo. Cosas de madres, supongo.
Aunque cuando digo que no soy un chico normal no me refiero solo a eso. Desde que tengo memoria mis ojos han sido raros, de un azul tan claro que parece blanco. Pero eso no es lo único extraño de mis ojos. Según mi estado de humor el color puede llegar a variar. Por ejemplo, cuando me enfado de verdad adquieren un intenso color rojo sangre. Eso siempre me ha asustado. ¿Qué clase de ser humano tiene esa habilidad? Por eso oculto mis ojos tras lentillas de colores extraños. Así, si alguna vez alguien me pillara sin ellas, pensaría que es otra de mis excentricidades. Mi madre me enseñó a convivir con ello y no darle muchas vueltas, aunque sigo temiendo que alguien descubra mi secreto. Porque sé que sería peligroso. Muy peligroso. Y también sé que tiene relación con esas malditas pesadillas.
Desde que tengo uso de razón, más o menos, desde los doce años, tengo unos extraños sueños sobre una guerra mágica. Yo estoy en ella. Sé que me quieren matar. Hay sangre, dolor, sufrimiento, hay personas que se ahogan en sed de poder. Es angustioso y horrible. Al principio los sueños solo me acechaban de vez en cuando, pero en el último año o año y medio se han vuelto más constantes. Siento que me van a volver loco. Lo único que me salva es poder ver en ellos esos preciosos ojos aguamarina. Esa niña pequeña llora y grita mi nombre mientras intenta huir de unas sombras que la asfixian. Y he visto esos ojos antes. En el mundo real. Varias veces.
Su nombre es Aradia y es una cría a la que ayudé hace años en el parque del Retiro de Madrid cuando la encontré perdida y al borde del llanto. Pasé años sin poder olvidar sus ojos, preguntándome que habría sido de ella, y me sorprendí enormemente cuando descubrí que era una de las fundadoras de mi club de fans.
Pero cuando la volví a ver en una de mis firmas de discos apenas quedaba nada de aquella niña. Tenía un aspecto rebelde, fuerte y decidido, con el pelo color rojo sangre, largo y los ojos brillando de entusiasmo e ilusión. Y lo peor, notaba un aura oculta de sufrimiento. Un aura que me producía escalofríos. Me vi obligado a fingir que no la recordaba. Era necesario para no armar ningún escándalo y menos entre el resto de mis fans. Quizás debería haberle ofrecido alguna muestra de complicidad, pero temía una revolución.
Antes dije que solo conservo recuerdos a partir de los doce años. Eso se debe a un accidente de tráfico que sufrí a esa edad, en el cual murió mi padre. Su muerte marcó mi vida y la de mi madre de forma radical (Desde entonces siempre la envuelve un aura de tristeza y melancolía). De él a penas recuerdo su voz y, de no ser por algunas fotos, tampoco recordaría su aspecto. Hace algunos años, mi madre me había regalado un colgante que había pertenecido a mi padre. Una curiosa piedra multicolor y traslúcida rodeada por una especie de marco de plata tallado a mano. Ella insistía en que era valiosa, pero yo siempre pensé que no era más que una piedra semipreciosa con más valor sentimental que otra cosa. Aun así, nunca me quitaba el colgante.
Mi historia era tan compleja a mis escasos 26 años y me sentía tan saturado que decidí huir. Mientras el mundo entero pensaba que me encontraba en unas vacaciones de ensueño en una isla paradisíaca, yo me escapé a un pequeño pueblo costero entre Alicante y Murcia, decidido a pasar desapercibido como un turista más y poner en orden mi cabeza. La idea, por supuesto, fue de mi madre. Dijo que me veía cansado, sin fuerzas, ojeroso y que me vendría bien un tiempo aislado y lejos de los focos para recuperarme. Como siempre, no le faltaba razón.
Me instalé en el pequeño y modesto hotel del pueblo, haciéndome pasar por uno de los múltiples turistas que se dejaban ver por allí en la temporada estival, fingiendo no saber a penas español y mezclando palabras con un inglés un tanto extraño. Procuré vestirme de forma que no llamase la atención, me quité los pendientes, me peiné de una forma bastante poco favorecedora y decidí no separarme de las gafas de sol y de un gorro estilo panamá. Me sentía un poco idiota haciendo todo aquello, pero era la única manera de pasar desapercibido.  
 El problema que tenía aquel lugar era su excesiva tranquilidad. A parte de algunos bares extranjeros, un par de restaurantes y varias cafeterías y heladerías, no había nada más. Tras cinco días allí se me habían agotado las ideas sobre lo que hacer, así que decidí vagar sin rumbo por las callejuelas más escondidas, a ver lo que encontraba. En uno de esos paseos di con un sitio curioso. Una pequeña librería de aspecto antiguo, pero que parecía tener literatura moderna. Entré, con la clara intención de comprar un par de libros con los que entretenerme. Hacía bastante que no tenía el suficiente tiempo libre como para leer con tranquilidad.
Me sorprendió descubrir que era más grande de lo que parecía por fuera (¿o debería decir más profunda?), con un estilo de decoración clásico, pero cuidado y una pequeña zona con un sofá y varios sillones que seguramente sería usada para pequeñas reuniones o como rincón de lectura. Aunque lo más llamativo de todo era, sin duda, la zona de la cafetería. Una barra, un par de máquinas de café una batidora… En ese momento parecía en desuso, pero un cartel anunciaba el horario de apertura diario. Tras saludar a la dependienta, una mujer de unos treinta y muchos o cuarenta y pocos años, atractiva, alta y delgada, de melena rizada y de un color negro intenso, rasgos faciales afilados y ojos de color gris oscuro que bien podría haber sido modelo, me puse a vagar por las estanterías, buscando algo que captase mi atención. Finalmente, tras un buen rato curioseando, me dirigí al mostrador con varios libros entre las manos.
—Ciencia Ficción, misterio, novela negra, novela fantástica…. — comentó la dependienta al verlos, en un perfecto inglés — veo que no tiene gustos concretos… Eso está bien.
—suelo leer de todo — Respondí, sonriente, en el mismo idioma.
—Si le interesa, en nuestra página web podrá encontrar un catálogo de todos los libros que tenemos — dijo, entregándome una tarjeta de visita. En ella se podía leer el nombre de la tienda ( “+”, ¿Qué clase de nombre es ese para una librería?)
Entonces ocurrió. Fui a sacar la cartera para pagar, cuando me di cuenta de que no estaba donde se suponía que debía de estar: En el bolsillo de mi pantalón. Me puse lívido. Estaba seguro de haberla cogido al salir del hotel.
— ¿ocurre algo?
—No…no encuentro la cartera….
— ¡Oh, Vaya! — La dependienta parecía tan nerviosa como yo — Dese una vuelta por la tienda, lo mismo se le ha caído por alguno de los pasillos….
Acepté su sugerencia y volví a recorrer la librería, buscando mi cartera con desesperación. Por suerte, al doblar una esquina, la visualicé tirada en el suelo. La recogí con alivio y me dispuse a volver al mostrador, pero algo captó mi atención.
Dentro de una vitrina de cristal, sobre un atril, había un libro antiguo. Y, o estaba loco, o acababa de ver como la portada brillaba. Me acerqué con cautela y lo observé detenidamente. Nada. No ocurría nada. Negué con la cabeza, convencido de que había sido solo mi imaginación. Estaba a punto de girarme cuando volví a ver el tenue brillo. Pero esta vez no fue solo el libro lo que brilló, mi colgante también lo hizo. Alargué la mano, dispuesto a abrir la vitrina para verlo más de cerca, pero una voz me lo impidió.
—Le ruego que no toque ese manuscrito, por favor. — detrás de mí se encontraba la dependienta, con las manos cruzadas y expresión ceñuda. — Es muy delicado y valioso.
—Disculpe. — murmuré, caminando hacia la salida y dedicándole una sonrisa nerviosa— Encontré la cartera
—En ese caso, vamos a cobrarle — dijo ella, sonriendo también.
Poco después me marché de allí, pero aquel libro no se me iba de la cabeza. De hecho no se me fue de la cabeza en mucho tiempo.

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