jueves, 24 de abril de 2014

Capítulo II


Capítulo II: Aradia

Pese a todo, algo en mí se removía con tristeza. Quizás era el recuerdo de aquel día, pidiendo a gritos volver a hablar con él como en aquella ocasión, sin la presión de la fama sobre nosotros. O quizás era el dolor de la posibilidad de que él no se acordase de aquella niña perdida a la que ayudó.
Aun así, mi vida seguía con total normalidad. Seguía viviendo en casa de mi tía, quién me había criado desde la muerte de mis padres cuando tenía ocho o nueve años, estudiaba fotografía y veraneaba en el mismo pueblo costero de siempre, desde que nací. Incluso tenía novio. Y precisamente por él, a mis veintidós años y recién graduada, había renunciado a irme de viaje con mis amigos para pasar el verano juntos, antes de que se marchase a Barcelona a realizar un máster. Jamás pensé que algo como aquello podía ocurrir.
—Nico, ¿pasa algo? — Él solo negó con la cabeza. Tanto silencio me descolocaba.
Era lunes por la tarde. Habíamos ido a dar una vuelta por una de las playas del pueblo. Por suerte la mayoría de la gente se encontraba trabajando en las ciudades así que estábamos prácticamente solos.
—¿De verdad me quieres? — su pregunta me pilló por sorpresa.
—Si. — No vacilé al contestar
—No lo parece.
—Sabes que los sentimentalismos no son lo mío — respondí, frunciendo el ceño
—Eres toda una ‘Drama Queen’, Ara, pero en asuntos del amor eres reservada y seca. Es normal que no me lo crea…
—Pues créetelo. — repuse, sintiendo un pinchazo en el corazón. Algo no estaba bien.
—Solo pareces salir de tu burbuja con ese cantante — Nicolás ignoró mi respuesta y siguió hablando con un tono amargo en la voz. Me molestó el tono que utilizó al decir “ese” — A veces pienso que tengo que competir con él por mi propia novia.
—Eso no es así, Nico. Solo es….
— ¿actitud de fan? — Negó con la cabeza — Al principio pensé que podía soportarlo… pero se ha convertido en una barrera. Además, está el tema de la distancia.
— ¿Qué quieres decir? — pregunté, negándome lo evidente a mí misma.
—¿Cuánto crees que duraremos después de irme a Barcelona? — No esperó mi respuesta — Seguramente meses, a lo sumo medio año.
—Nico, yo… — La angustia hacía que me costase hablar. Él no me dejó seguir.
—Las relaciones a distancia no son lo mío.
No contesté. No tenía fuerzas para hablar.
—Cuando me fui el mes pasado a buscar piso y prepararlo todo conocí a alguien... Se acabó, Aradia — Esas palabras, la frialdad con la que las dijo, dolieron. Sentí que me atravesaban el corazón con rudeza.
— ¿Me estás…dejando? — Una lágrima solitaria rodó por mi mejilla.
—Lo siento — respondió él, sin mirarme, dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia las escaleras para salir de la playa y volver a su casa.
Yo no me moví. Me quedé ahí clavada, mirando al mar, mientras las lágrimas brotaban silenciosamente de mis ojos. Las nubes cubrían el cielo y el viento me arremolinaba el pelo, que esos días llevaba de un color azul cian. Estaba oscureciendo cuando salí de la playa y comencé a vagar sin rumbo por el pueblo. Los recuerdos de todo lo que habíamos vivido durante aquel año y medio se amontonaban en mi cabeza y las lágrimas no me daban tregua. Ni siquiera la tormenta de verano que se desató frenó mi paseo. Finalmente me arrastré hasta casa, calada hasta los huesos, con el rostro empapado de lluvia y lágrimas, el pelo convertido en una maraña de agua y mechones enredados, el maquillaje corrido… En definitiva, hecha un adefesio.
Cuando tía Erina me vio se puso tan nerviosa que estuvo a punto de que le diera un infarto. No tardó ni medio segundo en ir a por toallas y correr hacia mí para envolverme en ellas.
— ¡Aradia!, ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¡Estás empapada! ¿Dónde está Nico?- Ella no paraba de preguntar mientras me secaba. Yo no podía moverme. Finalmente volví a romper en llanto, esta vez sonoro y desesperado. Ella, por suerte, pareció entenderlo todo y me abrazó.
Me di un baño caliente. No recuerdo cuanto tiempo estuve en el agua, pero cuando salí tenía los dedos completamente arrugados. Tía Erina me preparó una pizza para cenar (ni siquiera me había dado cuenta del hambre que tenía) y me acosté casi de inmediato. Pasé varios días casi sin salir de la cama, vagando como un fantasma por la enorme casa y suspirando a cada paso. Además, aquellos malditos sueños no cesaban. Tras una semana como alma en pena, la paciencia de mi tía se agotó.
— ¡Ya está bien! — sentenció una mañana, dejando caer los periódicos sobre la mesa de la cocina. Yo, que estaba mordisqueando una tostada de pan de molde, la miré sin comprender — No puedo seguir viéndote cual fantasma día sí y día también. ¡Si sigues así envejecerás rápido!
Sabía que tenía razón, pero no podía hacer nada al respecto. Me habían dejado por otra y dolía.
—A partir de mañana trabajarás conmigo en la librería. Y no quiero excusas — Sentenció la mujer, duramente. No respondí, solo suspiré. La idea de trabajar en la librería que mi tía regentaba allí durante los meses de veraneo no me parecía mala idea. Por lo menos así mantendría la mente ocupada e incluso podría pensar con tranquilidad en aquellos sueños que me habían estado atosigando durante años. Extraños sueños sobre sangrientas guerras en un mundo desconocido, sobre magia, ambición, poder, dolor… Al principio solo los tenía muy de vez en cuando, pero en los últimos dos años se habían vuelto más insistentes y repetitivos, hasta el punto de que no pasaban tres días sin sufrirlos. Definitivamente, si conseguía aclarar mi mente en cuanto a ellos, escribiría un libro con esa temática. Total, eran mis sueños (o, mejor dicho, mis pesadillas) y podía hacer con ellos lo que quisiera.

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