jueves, 24 de abril de 2014

Capítulo I


Capítulo I: Aradia

La primera vez que le vi ni siquiera sabía quién era, y mucho menos que fuera famoso. A penas tenía once años, era una niña y me había perdido en pleno Parque del Retiro en Madrid. Recuerdo que pasé verdadero pánico. Había ido a la capital con mi tía Erina en tren, un largo viaje de unas siete interminables horas, para acompañarla en unos trámites que tenía que hacer. Después yo había insistido dar una vuelta por el popular parque, algo a lo que ella no se negó, pese a mis continuas quejas durante todo el día.
No sé muy bien como llegué a perderme, solo que yo corría de aquí para allá, haciendo fotos y asombrándome con el paisaje. Tras echar la sexta foto a un grupo de patos me giré para comentarle algo a mi tía, pero no la encontré. Busqué y busqué durante bastante rato (a mi parecer pasaron varias horas, aunque seguramente fue mucho menos tiempo) pero no di con ella. Me dejé caer bajo una arboleda, al borde del llanto y sin saber muy bien que hacer. No tenía fuerzas para seguir caminando, no tenía móvil y era demasiado tímida y orgullosa como para acercarme a extraños y admitir que me había perdido. Así que me quedé allí sentada, tragándome las lágrimas que luchaban por salir y ahogando los sollozos lo mejor que podía. Seguramente mis esfuerzos solo hacían más evidente mi situación, pues varios curiosos me miraron mientras pasaban frente a mí. Nadie se detuvo ni avisó a la policía, solo cuchichearon. Y yo estaba cada vez más nerviosa y angustiada, con la vista fija en el suelo y casi hiperventilando.
— ¿Estás bien? — Aquella voz masculina hizo que levantase la vista casi automáticamente.
Frente a mí, inclinado ligeramente, se encontraba un chico, mirándome con cara de preocupación. No debía de tener más de quince o dieciséis años y lo que más llamaba la atención de él nada más verle eran sus rasgos asiáticos. Era delgado y alto, tenía el pelo castaño, liso y revuelto, con varios mechones a modo de flequillo lateral que le cubrían las cejas. No se podía decir que lo tuviese corto, pero tampoco llegaba a tenerlo largo. Su rostro, de rasgos suaves y juveniles, podría haber encandilado a cualquiera. Ni siquiera su pequeña nariz, con una marcada protuberancia en el puente, parecía fuera de lugar. Sus ojos estaban cubiertos por unas lentillas de color azul (¿o eran violetas? Ahora mismo no puedo recordarlo con claridad). En sus orejas varios pendientes de plata diminutos brillaban a la luz del sol. Era guapo. Muy guapo. En aquel momento solo pude pensar que se trataba de un ángel.
—Me he perdido — confesé, avergonzada, tragándome todo mi orgullo de golpe.
Sentí como el corazón se me paraba un milisegundo, para luego comenzar a latir con violencia cuando me sonrió y se sentó a mi lado. Ni siquiera sé de donde saqué las fuerzas para responder. Estaba encandilada. Él charló un rato conmigo y, finalmente, me ofreció su móvil. Mis manos temblaron mientras marcaba el número de teléfono de mi tía. Sus histéricos gritos traspasaron el auricular en cuanto escuchó mi voz. Me sentí fatal por haberla preocupado, por suerte no estaba muy lejos de donde nos encontrábamos.
—Gracias…. — Le dije al chico mientras le entregaba el teléfono tras finalizar la llamada. Fue entonces cuando me di cuenta de algo: No le había preguntado su nombre — Esto… ¿Cómo te llamas?
— ¡Ah, sí! Perdona…. Me llamo Kei — respondió, sonriendo nuevamente. — ¿Y tú?
— Aradia — respondí, algo avergonzada. Mi nombre, al no ser precisamente normal, había resultado objeto de burlas en numerosas ocasiones, por eso solía decirlo con la boca pequeña y casi en un susurro.
— ¡Vaya! Que nombre más chulo…. — No pude encontrar ni un ápice de maldad en su voz, solo asombro y jovialidad. Estaba siendo sincero. Eso me reconfortó bastante.
Kei se encargó de acompañarme hasta donde encontraba mi tía, que casi me mató del abrazo que me dio y quién se deshizo en agradecimientos con el chico. Insistió en invitarlo a comer y, pese a que él no estaba muy convencido, finalmente accedió a las insistencias de tía Erina. Esa mujer llegaba a ser tremendamente convincente si se la dejaba.
Esa fue la primera vez que vi a Kei Montenegro. Por suerte -o por desgracia para mí-, sería la única vez que hablaríamos de forma tan natural y relajada.
Siete meses después de aquel incidente descubrí que era un nuevo cantante al pasar frente a una tienda y ver su disco en el escaparate. Desde aquel día no pude evitar irme obsesionando con él. Compraba todos sus discos, coleccionaba las revistas en las que salía, iba a todos los conciertos que podía, compraba su Merchandising, intentaba asistir a los eventos… Incluso formaba parte de los fundadores de su club de fans, con el carnet de socia número cuatro.
Tía Erina no decía nada. Sabía que mi fijación por él había empezado mucho antes, aquél día de primavera en el parque del Retiro, cuando me perdí. A veces comentaba algo, pero no insistía mucho en el tema. Mis amigos también se habían acabado acostumbrando a ello, pese a que nunca le había contado a nadie lo que había ocurrido.
Volví a tenerlo cara a cara algunas veces más, en varias firmas de discos y en un concierto íntimo, con aforo limitado a doscientas personas. Él no me reconoció y si lo hizo, no dio muestras de ello. No lo culpo. Habían pasado años desde nuestro primer encuentro y yo había cambiado demasiado. Ya no era la niña de pelo negro y mirada inocente. Ahora era una joven de ojos azul aguamarina que se teñía el pelo de colores raros, con las orejas llenas de pendientes y cuyos colores favoritos a la hora de vestir eran el negro y el morado. Pero él seguía exactamente igual a como lo recordaba, quizás algo mayor. El único cambio notable era el color de su pelo, que variaba según el año. Por lo demás, seguía poniéndose lentillas de colores, anillos en los dedos pulgar, anular y corazón. Llevando pequeños pendientes de plata en las orejas y vistiendo con ropa casual y rockera.
Pese a todo, algo en mí se removía con tristeza. Quizás era el recuerdo de aquel día, pidiendo a gritos volver a hablar con él como en aquella ocasión, sin la presión de la fama sobre nosotros. O quizás era el dolor de la posibilidad de que él no se acordase de aquella niña perdida a la que ayudó.

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