miércoles, 23 de abril de 2014

Capítulo- 6


6- "confío en tí, Luca"

- ¡Ya se lo he dicho! - repliqué con tono exasperado, mirando a la mujer fijamente. Había perdido la cuenta de las veces que le había repetido lo mismo - Fuimos a por el inhalador de repuesto para Fiorella.
Me encontraba en el despacho de Miranda Meyers, la rectora de Noraltto, sentado frente al escritoriode aquella mujer fría y seria, que se negaba a creer mi versión de los hechos. ¿Cuanto tiempo llevaba observándome con dureza y reclamándome una explicación distinta? Quizás cerca de una hora o dos. No lo supe con certeza. En aquel momento el tiempo se me hacía eterno.
- ¡Eso no explica qué hacía usted en la habitación del señor di Medici a altas horas de la noche con su hermana! - Espetó la mujer, dando un sonoro golpe sobre la mesa. Di un bote. 
-¡Ya le he dicho que me la encontré fuera de la habitación, en el pasillo! - repetí yo, bastante molesto, ciñéndome al plan que había elaborado minutos antes en mi cabeza. Por nada del mundo iba a delatar a mi compañero de cuarto. No era un soplón.
-¡La señorita di Medici no dice lo mismo así que ahórrese las mentiras, señor Sazzio! - La señora Meyers parecía fuera de sí. ¿En serio nadie le dijo a esa mujer que necesitaba ir a terapia para el control de la ira? O, al menos, que tomara valiums. Siempre estaba gritando, joder... - Digame la verdad. ¡Ahora!
Suspiré profundamente. En aquel mismo instante supe que no tnía escapatoria alguna. Seguramente me expulsarían de Noraltto por aquello. Irónico. Los profes pasaban de todo y en aquellos últimos años yo me había tirado a las tías que me había dado la gana sin ningún tipo de problema (si exceptuamos las peleas con novios o exnovios furiosos o las miradas de odio y reproche. Incluso creo recordar que le rompí el corazón a más de una... ¿que mas da?), pero para una vez que no le había tocado un pelo a la susodicha me iban a expulsar... Pensádolo detenidamente, creo que una de esas chicas fue la sobrina de la rectora. ¿Le rompí el corazón, quizás? Entonces, ¿Aquello qué coño era? ¿Una jodida venganza? Genial. De puta madre. Adoro mi suerte.
Me resigné a mi desalentador futuro. Estaba a punto de abrir la boca para confesar algo que no había hecho cuando la puerta se abrió de golpe. Al principio la señora Meyers parecía a punto de asesinar al intruso por ni siquiera dignarse a llamar antes pero, nada más dirigir la mirada al recién llegado su expresión cambió a una de sorpresa y pavor. Se quedó blanca como la tiza. Aquello me extrañó. Esa mujer solía infundir miedo y ser famosa por no temerle a nadie. A nadie excepto quizás a...
-Señor di Medici... - murmuró, con a penas un hilo de voz. Yo me giré y me encontré cara a cara con los ojos de Dimitri di Medici. ¡mierda! ¡Lo que me faltaba! El padre de Fiorella y jefe de mis padres. Ahora si que la había cagado pero bien. - ¿A que se debe este honor?
Fui a levantarme para saludar pero él me indicó que no me moviese. Dimitri di Medici era un tipo alto y delgado, de ojos claros y pelo negro, con perilla, porte distinguido y maneras, por lo general, refinadas y estudiadas. Las mujeres solían catalogarlo con adjetivos como atractivo, interesante, encantador y seductor. Aparentaba menos edad de la que realmente tenía e imponía mucho más respeto del que os podáis imaginar jamás. 
-¿¡"A que se debe este honor"?! ¡No es ningún honor. Casi matan a mi hija! - Bramó, enfadado. La rectora no se movía. Tampoco intentó decir nada. se había quedado totalmente cogelada del miedo. No me extrañaba nada. - ¡Y para colmo llego y ¿que me encuentro? ¡Al guardaespaldas personal de Fiorella siendo interrogado como un vulgar delicuente!
¿¡Acababa de decir "guardaespaldas personal"!? Aquello no era bueno. Nada bueno. Si Dimitri di Medici había dicho aquello era porque Fiorella le había hablado de nuestra conversación. Mierda. Ahora sí que no me podía negar. No a él. No se le podía decir que no al tipo que controlaba todos los negocios turbios y estaba metido dentro de las altas esferas del país. Y mucho menos si el asunto tenía que ver con la protección y seguridad de su querida y preciosa hija. Definitivamente estaba jodido.
- Quiero hablar a solas con el chico. - Sentenció él. Un escalofrío cruzó mi espalda - Fuera. Ahora.
A la rectora Meyers le faltó tiempo para abalanzarse sobre la puerta y salir de allí lo más rápido que pudo. Dimitri lanzó un profundo suspiro y se sentó frente a mi, desabrochándose la chaqueta. Su mirada, antes dura, parecía haberse relajado considerablemente. 
-Ha pasado mucho tiempo, Luca... - me dedicó una sonrisa amable que yo correspondí como pude. Ese hombre daba miedo. 
-Me alegro de verle, señor di Medici - dije, tras unos segundos sin lograr encontrar mi voz. 
- En primer lugar he de agradecerte que le hayas salvado el cuello a mi hija... - Tragué saliva. Temía que él también pensase que me la había tirado. Aunque técnicamente lo había hecho...hace años. - Fiorella me ha contado su extraña petición. He de decir que me sorprendí bastante. 
- yo también me sonprendí cuando me lo pidió, señor - intenté aparentar tranquilidad, pero por dentro estaba cagado. Con una simple mirada aquel tipo podía hacer que me degollasen allí mismo y nadie podría impedirlo. - No supe bien que decirle...
- Al parecer, según Ella, no puede confiar en nadie más. Y visto lo visto la protección de María, aunque excelente, ya no es bastante. - soltó una pequeña risa irónica - Me alegro de haberla enseñado tan bien. 
-Su hija no es idiota. Sabe cómo guardarse las espaldas. - dije, acomodándome en el sillón. 
-El caso es, Luca... que no sé si esta vez ha hecho buena elección ... -Su voz adquirió un matiz serio que no me gustó un pelo - Eres un buen chico, Luca. Me caes bien. Eres inteligente, fuerte, siempre vas de frente y sabes bien lo que quieres y como conseguirlo. Admiro esas cualidades en las personas. 
- Gracias señor... - Esperaba al "pero". Siempre había un "pero" y en el caso de aquel mafioso ese "pero" podía llegar a ser la diferencia entre seguir vivo o estar bajo tierra.
- Pero llevas fuera del negocio varios años - Contuve la respiración - No me malinterpretes...nadie te lo tiene en cuenta. Aún no estabas dentro y decidiste no entrar en esta vida. Muchos otros antes que tú han tomado la misma decisión y no les ha ido nada mal. Son cosas que pasan. Nadie iba a obligarte a hacer algo contra tu voluntad, pese al enfado de tus padres era tu vida... 
Se sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo y se colocó uno en los labios. Buscó con ahínco su encendedor. Antes de poder dar con él, yo ya estaba ofreciéndole el fuego del mío como buen perrito faldero.
-Ah, gracias...- murmuró prendiendo el cigarro y dándole una extensa calada. Tras soltar el humo lentamente siguió hablando. Se me hizo eterno - El caso es...que si vuelves será por todo lo alto. Tu deber será proteger a mi hija a costa de tu propia vida. Cada herida que se haga, cada lágrima que derrame, cada paso que de...será todo cosa tuya. Estará bajo tu protección y eso significa que si le ocurre algo será tu responsabilidad. Ya no habrá vuelta atrás. Estarás dentro del negocio y de la familia, al igual que lo están tus padres y tu hermana. No podrás salirte, a no ser que lo hagas con los pies por delante y no consentiré ni un jodido error por tu parte porque de ello depende la salud de Fiorella. Y como acabe muerta o en el hospital créeme que seré yo mismo el que te meta un tiro en la cabeza. ¿Ha quedado claro?
En ningún momento alzó el tono de voz. Hablaba con tranquilidad, como si la conversación fuera sobre la subida de los impuestos y no sobre asesinatos y muertes. A esas alturas yo tenía la carne de gallina, totalmente erizada, el corazón me latía con violencia, me costaba tragar y el esfuerzo que estaba realizando para aparentar el mismo aplomo que Dimitri tenía era descomunal. 
-Totalmente claro, señor - Respondí, con la mayor firmeza y claridad de pude. Mi voz sonó algo más aguda de lo normal. 
-Bien...Al parecer Xandro y Ella te tienen cierto aprecio... - Murmuró, volviendo a darle otra calada a su cigarro - No me gustaría tener que matar al amigo de mis hijos...Confío en tí, Luca, no hagas que me arrepienta. 
Se puso en pie, me dio unos golpecitos en el hombro y salió por la puerta. Yo me obligué a seguirle, aún acojonado. Inspiré profundamente antes de salir del despacho. 
Una vez fuera la escena era bastante usual en situaciones como aquella. La mujer de Dimitri abrazaba a Ella con el susto reflejado aún en sus atractivas facciones, Mientras Alessandro y Sofía, su hija menor, intentaban calmarla sin mucho éxito.
Viendo a Aria di Medici estaba claro de donde habían sacado la belleza sus dos hijas. Para empezar no tenía nada que envidiar a las otras madres de por allí. La mayoría de ellas estaban tremendamente delgadas, operadas o pasadas de gimnasio (y muchas veces las tres cosas a la vez). La señora di Medici era una imponente mujer pelirroja con increíbles curvas y rasgos felinos por la cual muchos hombres matarían. Amén a su talla de sujetador. Seguramente se habría operado pero, ¿que mas daba? Seguía estando tremendamente buena. Aunque yo seguía prefiriendo a su hija. Cosas de la edad y eso...
-¡Luca, querido! - Nada mas verme corrió hacia mi como alma que lleva el diablo y me abrazó. Puede que con el resto del mundo fuese más distante, pero con su familia y con algunos afortunados era cariñosa y maternal. - ¿Estas bien? ¿Te has hecho daño? ¡oh, dios santo! Ese corte en el brazo no se ve nada bien... ¿Seguro que te han curado o te han puesto la venda de cualquier manera?
Xandro se reía con Sofía tras su madre y Dimitri había curvado ligeramente los labios. Era como si el tiempo hubiese retrocedido varios años.
-estoy bien, tranquila... - murmuré algo azorado. Maternal o no, aquella imponente mujer imponía, valga la redundancia - Me alegro de verla, señora di Medici.
-¡Oh, por favor! Ya sabes que odio que me digan señora. llamame Aria, Luca. ¡Aria! - Yo esbocé una sonrisa y asentí ligeramente.
-Querida, deberíamos irnos... - dijo, de pronto, Dimitri. Ella se giró levemente y asintió.
-Si, por supuesto. -Se dirigió a sus tres hijos y les besó con cariño. -Cuidaos mucho, ¿vale? Les daré recuerdos a Carlo de vuestra parte... Luca, cuida de Fiorella, por favor...
Yo asentí pesadamente. En los labios de Ella se formó una sonrisa de triunfo y autosuficiencia. Mierda. Estaba muerto.

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