martes, 4 de febrero de 2014

Capítulo II

CAPITULO II
Gritos, dolor, agonía, sangre, disparos……Un llanto de niña pequeña y un nombre aullado al viento. Después un fuerte golpe y, mas tarde, todo negro.
Crystal despertó bruscamente de aquella pesadilla. Estaba bañada en sudor, temblaba de arriba abajo y tenía la garganta seca. Tardó varios segundos en darse cuenta de donde se encontraba y algunos mas en distinguir las siluetas de los muebles entre la penumbra en la que estaba sumido su dormitorio.
De repente, y sacándola de su desconcierto, el móvil de la mujer vibró en la mesilla de noche. La joven contestó entre dientes, antes de que empezase a sonar la melodía.
—   Buenos días, ‘Ice’—Dijo una voz femenina al otro lado del teléfono.
            — son las cuatro de la mañana, Alicia — gruñó Crystal, molesta — ¿No puedes llamarme más tarde?
—   No. Tienes trabajo — contestó esta — ¿Recuerdas a Barry Smith?
—   ¿El carterista?—preguntó extrañada—Intentó mangarme la automática el otro día.
            — Se ha vuelto a pasar de listo. Hace unas horas atracó a uno de los nuestros y se llevó el dinero de un cobro
—   ¿algo importante?
            —treinta de los grandes, Ice. El jefe está realmente enfadado, ¿Sabes? Ha pedido expresamente que fueras tú la que se encargase de esto.
—   ¿desde cuándo soy una vulgar mensajera?
            — Es dinero limpio, Crystal. Además, ¿Cathya no te enseñó a no subestimar los trabajos de la agencia?
            — Deja a los muertos tranquilos, Alicia. Dile al jefe que le llevaré el dinero personalmente esta misma mañana.
—   Por eso mismo te envían, Ice. — La aludida sonrió — Eres la mejor
—   Lo sé — contestó antes de colgar
La asesina se arrastró hasta el baño y se duchó rápidamente. Se enfundó un conjunto de color negro, se puso los guantes y se calzó unos botines de tacón.
Abrió un armario y pulsó un botón medio oculto en una rendija, dejando a la vista una extensa colección de pelucas. Eligió una de color rubio platino y corte francés y volvió a ocultar la colección y a cerrar el armario. Se la colocó con destreza y se maquilló a conciencia, para luego retirarse las lentillas que oscurecían su color de ojos azul hielo, convirtiéndolo en un azul claro normal.
Tras esto se acercó a la hermosa cómoda del fondo de la estancia. Se  quitó el colgante que siempre llevaba al cuello, un medallón con el kanji japonés de eternidad grabado en él, y extrajo de su interior una pequeña llave. Con ella abrió uno de los cajones y un arsenal completo apareció ante sus ojos. Se colocó una pistolera de cuero curtido en la cintura y eligió la famosa automática, guardándola en la funda. Miró de nuevo la colección, vacilando levemente antes de coger una pequeña pistola y esconderla en el botín derecho.
Dos minutos después, tras ponerse una gabardina negra, unas gafas de sol y un sombrero, salio a hurtadillas de la casa y se metió en el ascensor, rumbo al barrio de mala muerte donde solía rondar Barry Smith. Le costó una hora dar con el carterista y menos de cinco minutos acabar con su miserable vida, no sin antes tener que escuchar sus patéticos sollozos. El maletín que contenía el dinero iba con él y todos los billetes estaban intactos. Así que no hubo más giros de tuerca, dejó el cadáver en un callejón habituado por ratas y puso rumbo al edificio principal de la  organización. La joven había vuelto a realizar un trabajo perfecto, limpio y sin testigos.
No por nada Crystal Saryn era  una de las mejores en su trabajo. Una asesina a sueldo con una ganada reputación dentro y fuera de aquella extraña organización cercana a las mafias italiana y japonesa, con una plantilla de hombres y mujeres expertos en solucionar los problemas por la vía rápida.
Entró en la organización Sansburgo años después de quedarse huérfana, tras un entrenamiento intensivo y un profundo aprendizaje de varios idiomas, y realizó su primer trabajo a la corta edad de dieciséis años bajo la supervisión de otra asesina a sueldo, Cathya. La mujer fue como una madre para Crystal y su protectora. Su asesinato año y medio atrás le había afectado en cierta medida, pero eso era algo que no exteriorizaría jamás.
La joven Saryn era conocida como ‘Ice’. Ese apodo se debía a sus ojos, de un color azul tan claro que parecía irreal. Esos mismos ojos que reflejaban frialdad y atravesaban a sus víctimas como estalactitas, como la misma mirada de la muerte. Pero su sobrenombre también hacía referencia a la fría y minuciosa manera de efectuar los trabajos que le encargaban. Sin errores, perfectos y ejecutados de forma limpia y precisa. Se notaba que la asesina calculaba hasta el más mínimo detalle antes de dar un solo paso.
Y por ella era respetada y temida. Sobre todo temida, a pesar de tener solo veintiséis años. Porque ‘Ice’ era la típica leyenda urbana utilizada por asesinos y policías para bromear pero, al tenerla frente a ellos, sabían de inmediato que no había escapatoria posible y que la única opción era la muerte.
Pese a todo, ella tenía sus normas. Sus víctimas jamás habían sido ciudadanos inocentes. La mujer se dedicaba a segar las vidas de otros asesinos y maleantes y, como mucho, de policías corruptos. Aunque en tiroteos con la pasma era habitual e irremediable herir a sus adversarios. En esos momentos imperaba la ley del más fuerte.
La joven mujer abrió la puerta del despacho ignorando al hombre que estaba junto a la puerta. El guardia gruñó y maldijo por lo bajo. Una sola mirada suya bastó para enmudecerle. Dentro del despacho, revisando unos documentos, se encontraba una mujer joven, de metro sesenta y poco, ojos castaños y pelo negro y ondulado, con un lunar bajo el labio inferior, en la parte derecha.
            —Gracias por llamar a la puerta—ironizó. Crystal dejó el maletín sobre el escritorio, ignorando el comentario.
            —El dinero. Está todo. Ya sabes dónde ingresar el pago
            —Buen trabajo, Ice — contestó la mujer, lanzándole un fajo de billetes.
            —¿Qué es esto, Alicia? — Repuso ella—Sabes bien que no me gusta cobrar en efectivo
            —Es para que te compres algo. Considéralo un extra por un trabajo bien realizado.
Crystal no contestó. Se guardó el dinero y se marchó tan silenciosamente como había llegado. Era mejor no protestar sobre ese gesto, pues no todos los días le daban a una un incentivo después de liquidar a un pobre desgraciado cuyo único error cometido había sido jugar a polis y cacos con la mafia. Aunque, claro, ella solo era una asesina a sueldo y eso, realmente, le traía sin cuidado siempre y cuando le pagasen una vez terminado el trabajito.

Eran las siete de la mañana. Crystal subía en ascensor hasta el último piso. Se quitó la peluca, el maquillaje y los guantes y sacó una llave del bolsillo del pantalón. Abrió la puerta y cruzó el salón sin hacer ruido, para llegar a la cocina y dejar una bolsa y el periódico de la mañana  en la repisa. Colocó nuevamente la peluca y la pistola en sus respectivos lugares, colgó la gabardina y se lavó la cara, para después regresar a la cocina. Tenía el estómago vacío y necesitaba comer algo.
Nada más entrar se dio cuenta que unos curiosos ojos verdes la estaban observando. Keith se encontraba apoyado en la mesa.
            — Te levantas muy temprano… — dijo. Pese a ir bien vestido, con una camisa y unos pantalones, llevaba el pelo revuelto y tenía cara de sueño.
            — He ido a comprar el periódico — repuso, entregándole el jornal para, a continuación, sacar un paquete con varios croissant de la bolsa — y, ya de paso, el desayuno.
La joven sirvió dos tazas de café y se sentó. Le pasó el azucarero a su acompañante pero ni se molestó en servirse azúcar en su taza. Le gustaba el sabor del café, amargo. Amargo como su vida, como su pasado. Y oscuro como su futuro.
Keith comenzó a leer el periódico por encima, mientras desayunaban.
            — Han encontrado a un tipo muerto cerca del puente — informó el joven, sin apartar la vista de la página en la que estaba impresa la noticia — Al parecer le robaron hasta los anillos.
Crystal no le miró. Tampoco comentó nada. Era mejor callar.
            — Lo que no entiendo es a que viene tanta insistencia en ese rollo de las bandas organizadas—siguió Keith, pensativo.
             — Le gusta causar el pánico y armar jaleo—dijo la joven, como si nada — Así venden más ejemplares.
            — Será eso…Igual que esa estúpida leyenda — Crystal le miró con cierta curiosidad y fingiendo desconcierto — Ya sabes, la de ‘Ice’. Dicen que es un asesino tan frío que puede matar con solo mirarte.
—   que exageración… — susurró ella, sin mirarle.
—   Eso es lo que yo creo. Solo es una leyenda urbana para asustar a la gente.
Crystal se levantó, dejó su taza en el fregadero y comenzó a caminar hacia su cuarto.
—   He dicho que era una exageración…No que creyese que no es real
—   Entonces, ¿piensas que ese hombre existe de verdad?
—   Es posible…— la voz fue ahogada por el sonido de una puerta al cerrarse.
La joven rio entre dientes mientras se sentaba en la cama. “hombre”….era mejor así. Ella prefería que todas las sospechas nunca se cernieran sobre una mujer, pues le facilitaba increíblemente el trabajo.
Se echó para atrás, resoplando. A penas había dormido aquella noche y había tenido que caminar bastante hasta encontrar a ese estúpido carterista. Estaba realmente agotada. Cerró los ojos casi por inercia y puso la mente en blanco.
No supo a ciencia cierta cuanto tiempo pasó hasta que escuchó la puerta de la entrada cerrarse suavemente, con su particular sonido de bisagras. Entonces se levantó pesadamente y se dirigió hasta la cómoda. Volvió a sacar la automática, le cambió el cargador y cerró el cajón con llave. Se escondió la pistola en los riñones y se cambió la camiseta por una blusa de color gris oscuro. Miró su reloj y suspiró pesadamente. Si había algo que odiaba más que el hecho de faltarle tiempo era el hecho de sobrarle tiempo.
Veinte minutos después, tras cerciorarse de que Keith se había marchado y maquillarse un poco, salió del piso con una larga peluca de color negro intenso metida en el bolso y unas grandes gafas de sol ocultando sus ojos. Se deslizó hábilmente hasta la calle y se mezcló entre los transeúntes inquietos y apurados por llegar al trabajo.
En uno de los edificios que se encontraban frente al de la mujer, un hombre sonrió de manera traviesa. Las lentes de sus prismáticos reflejaron el rostro impasible de la asesina de ojos de hielo.

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