martes, 4 de febrero de 2014

Capítulo I

CAPITULO I

Crystal terminó de quitarse los restos del ostentoso maquillaje con la toallita desmaquillante y suspiró. Su piel seguía brillando tenuemente debido a los trazos de purpurina que no había podido retirar. Se pasó los dedos por el pelo para intentar deshacer la maraña de perfectas ondas en la que habían transformado su cabello castaño, habitualmente liso, pero llevaba demasiada laca (¿o era espuma?, no lo sabía). El ascensor paró en el cuarto piso y las puertas se abrieron con lentitud. La joven salió y se dirigió a su apartamento. Llevaba los tacones en la mano, así que tuvo que maniobrar para sacar las llaves del bolso y abrir la puerta con la que le quedaba libre.
Cruzó el recibidor medio zombi pero se detuvo cuando, al pasar frente al salón, un silbido llamó su atención. Torció el gesto mientras miraba al joven que había silbado, acercándose a él.
Estaba sentado en uno de los sillones, leyendo el periódico y tomando un cappuccino, con los pies sobre la mesita de café.
          —¿Algún problema, Keith? — gruñó, molesta.
          —Ninguno, solo admiraba tu modelito—respondió el aludido, sonriendo abiertamente. Crystal volvió a gruñir.
          —Cosas del trabajo. Ya lo sabes — comentó, mientras apartaba bruscamente sus piernas — ¿Cuántas veces tengo que decirte que no pongas los pies sobre la mesa del café? ¡La vas a rallar!
          —Que exagerada eres, mujer….
Ella no contestó, se dio la vuelta y salió de allí, con cara de pocos amigos.
          —¿A dónde vas?
          —A ducharme y a dormir. No hagas ruido. Como me despiertes juro que te mato.
El joven lanzó una carcajada, ella lo ignoró y se metió en su cuarto, dando un portazo. Keith siempre se tomaba aquel tipo de advertencias y amenazas a broma. Craso error.
Tras ducharse y ponerse ropa cómoda se dejó caer sobre la cama y cerró los ojos. Odiaba esa situación. Vivir con aquel tipo era una condena. Le molestaba hasta límites insospechados y no precisamente por el hecho de ser alguien insufrible.
Crystal era una de las cantantes estrella de algunos de los selectos clubs para ricos de aquella ciudad. Conocida como “La sirena”, sus actuaciones se reducían a tres noches a la semana y su sueldo le permitía vivir en un gran y lujoso apartamento del centro. Aunque eso solo era de cara a los demás. En realidad, la organización Sansburgo era una tapadera. La mayor parte de los trabajadores eran asesinos a sueldo y prestamistas, y el dueño uno de los mayores y más crueles mafiosos conocidos hasta la fecha.
Así que, cuando su jefe le encasquetó a Keith Miles como compañero de piso, temió que toda su vida se fuera al traste. Aún seguía maldiciendo aquella llamada.
* * *
Fue hacía ya dos meses, inesperadamente. El móvil de la joven sonó con gran estruendo, interrumpiendo su agradable siesta. Solo por eso el asunto le daba mala espina. No solían llamarla a esa hora.
          —¿puedes repetirme lo que acabas de decir? — La mujer utilizó un tono tranquilo y pausado, pero con un toque de incredulidad.
—Vas a compartir tu piso con alguien—repitió su interlocutora, al otro lado del teléfono
—Alicia, no me jodas… ¿Tú sabes el riesgo que conlleva eso?
—Son órdenes directas de arriba, lo siento. — su tono de voz contradecía sus palabras de disculpa — Se trata de algo importante, Crystal. Es el sobrino de un pez gordo, un empresario que tiene una gran deuda con el jefe.
          —¿Dinero?
           —Y en cantidades industriales, guapa, pero también hay un enorme trato por medio. El chaval vivirá contigo hasta que su querido tío pague y cumpla con lo acordado. Y, en caso de no hacer lo que se le dice,…bang.
—¿Posible traición?
—Piensa que pueden jugársela y estafarle. Y ya sabes que el viejo no suele equivocarse en esas cosas.
—Ya. ¿Y crees que puedo retenerle así, por las buenas?
—No. Él piensa que está de visita, comprobando que el negocio de su tío va bien.
—¿el negocio de su tío? —Crystal seguía sin comprenderlo bien.
—El Club Wells donde actúas. Ese tipo tiene acciones allí. — Respondió Alicia — Como te decía, su sobrino piensa que solo es una visita rutinaria y divertida y que el jefe, en un alarde de amabilidad, le ha ofrecido vivir en el lujoso piso de su cantante estrella para que disfrute de su estancia.
—No me hace ninguna gracia tener que compartir mi piso. Y mucho menos hacer de canguro de un consentido. Y lo que menos me gusta de todo eso es que me traten como si fuera una vulgar fulana
—Tranquila encanto, no tendrás que hacer nada que no quieras. El jefe dijo “compañía”, pero no especificó qué tipo de compañía sería. Y el encargo está muy bien pagado.
La joven iba a protestar, alegando que vigilar e investigar a un posible cómplice de estafa a la mafia no era de su potestad, sin olvidar el hecho de que odiaba relacionarse con otra gente si  no tenían que ver con su trabajo, la mayoría de los cuales acababan con un tiro entre los ojos o con la cabeza separada del cuerpo, pero le fue imposible replicar pues en ese momento alguien llamó al timbre.
—Será mejor que la suma sea alta—advirtió ella, malhumorada, antes de colgar.
Lo primero que vio cuando abrió la puerta no le agradó demasiado, es más, no le agradó en absoluto. Frente a ella se encontraba un joven de, más o menos, su edad. De cabello rubio oscuro y ojos verdes claros, era alto y de complexión atlética. Tenía los rasgos faciales finos y lucía una expresión bondadosa y ligeramente despistada, con una sonrisa traviesa. Visto desde el punto de vista femenino el tipo no estaba nada mal. Pero ella no era una fémina cualquiera y, desde su punto de vista solo era una víctima a la que debía vigilar y, en caso de llegar a ese punto, eliminar. Una víctima algo más peligrosa de lo normal, pues debía de convivir con ella sin que su secreto saliera a la luz.
El chico miró a la dueña del piso con curiosidad y cierta sorpresa. Ella ni se inmutó.
          —¿Desea algo? —la pregunta sonó forzada
—Si, esto… ¿Es usted la cantante? Quiero decir “la Sirena”, disculpe si no se su nombre…. —contestó el joven. Parecía inseguro— Me han dicho que podría quedarme aquí el tiempo que esté en la ciudad…
—Si, pase—Ella se apartó, dejándole pasar. Pudo ver el resplandor de sorpresa en sus ojos, al ver que el piso ocupaba toda la planta del edificio.
Sin duda, la casa era espaciosa. Constaba de un gran salón, dos habitaciones, una amplia cocina, dos cuartos de baño, uno de ellos dentro de la habitación de la joven, y una pequeña biblioteca en la que Crystal fingía tener el despacho y practicaba de vez en cuando.
Mientras él miraba con curiosidad el lugar ella permaneció ligeramente apartada. Cuando volvió a girarse hacia ella, con una gran sonrisa, se acercó un par de pasos.
—Espero que no le moleste la decisión de su jefe—El joven parecía cortés
—No es molestia. El señor Stokes me pidió este favor y no pude negárselo. Siempre se ha portado muy bien conmigo.
          —¿Es en serio? Pensé que sería una especie de ogro o algo así.
—No. Se porta bastante bien con sus subordinados y tenemos buenas pagas. Así que cuando nos pide cosas así no podemos negarnos. Sería muy desconsiderado por nuestra parte.
  El joven asintió, dando a entender que lo comprendía, y caminó hacia una puerta cerrada.
—¿Mi habitación?
La joven asintió y él entró. La alcoba era grande y estaba bien iluminada gracias a un hermoso ventanal (En realidad, había ventanales por todo el piso). Los muebles; una cama individual, un armario, una cómoda, una  mesilla y un escritorio, eran sencillos, de madera de caoba, igual que los del resto de la casa.
          —Hay varias normas a seguir—dijo la mujer, mientras él curioseaba—Nada de visitas inesperadas, nada de fiestas en esta casa y nada de entrar a mi habitación, bajo ninguna circunstancia. Tiene un baño para usted solo en la puerta contigua. Me gusta la tranquilidad, así que si escucha música o pone la televisión hágalo a un volumen moderado.
          —Entiendo… ¿Cuándo puedo mudarme?
          —Cuando lo desee.
          —Una última cosa—el joven se paró en el salón y la miró directamente a los ojos—Ya que vamos a vivir juntos… ¿le molesta si la tuteo?
—Haga lo que le plazca—respondió ella
—Me llamo Keith Miles-dijo. — Y tú eres…
—Saryn. Crystal Saryn. —contestó la joven, estrechándole la mano que le tendía.

Crystal volvió a servirse otra ración de ensalada y la aliñó. Hacía mucho tiempo que no cenaba en compañía y aquello se le hacía raro.
          —Bueno… ¿Qué edad tienes?-la joven miró a su interlocutor fijamente. Aquello la había desconcertado un poco.
          —Veintiseis años-contestó, con la vista fija en su cena
          —Tres menos que yo…-esa afirmación parecía más para sí mismo que para Crystal — ¿A qué te dedicas?-
          —¿Aparte de cantar, te refieres? —Él asintió—Como sabrás, Sansburgo es una de las compañías más importantes del país. No solo por sus múltiples clubs de ocio, sino por sus salones de belleza, balnearios y su trabajo a la hora de organizar fiestas de alto copete para ricos.
          —Me beneficio de todos esos servicios, querida, así que los conozco bien.
A Crystal no le gustó el apelativo cariñoso, pero decidió pasarlo por alto.
          —Pues formo parte de la plantilla de una de sus empresas. Quiero decir, al margen de mi papel como cantante tres noches a la semana, también tengo un trabajo diurno otros cinco días.
          —¿Y cuál es tu trabajo?
          —Me ocupo de tramitar el trabajo sucio— Miles pareció interesado.
          —¿Y que es para ti ‘trabajo sucio’? — Ella empezaba a arrepentirse de haber permitido aquel interrogatorio.
          —Lo típico; relaciones públicas, informes, restricciones de contrato, advertencias y despidos….
Sobre todo despidos. Pensó la joven ahogando una risa irónica.
El chico torció el gesto y tragó.
          —Sí, el nombre de ‘trabajo sucio’ es el más adecuado, estoy contigo….
Ella no dijo nada, solo siguió cenando.
          —No parece un trabajo muy agradable—siguió él
          —No lo es, pero entre eso y ser cantante cobro un buen sueldo—contestó — No todo puede ser perfecto y me gusta vivir bien.
          —¿Y por qué vives sola?— La joven alzó la vista y le miró con sus penetrantes
ojos — Quiero decir…
Crystal se encogió de hombros y miró por la ventana.
          —Me gusta la tranquilidad y la soledad. Aunque mi psicólogo dice que necesito compañía. Idiota… ¿qué sabrá él?
  —¿Y por qué no te compras una mascota?
  —Porque soy alérgica a los perros y aborrezco a los reptiles—respondió ella — Además, es muy complicado interactuar con ellos. Esos bichos no tienen conversación alguna y exigen muchos cuidados para lo poco que hablan.
El joven rio. Ella ni le miró y volvió a centrarse en su ensalada.
Aquello era bastante incómodo, por no decir peligroso. Si aquel tipo descubría la verdad tendría problemas. Muchos problemas.
* * *
Y así fue como acabó compartiendo piso con aquel sibarita ricachón. Aunque ella no era quién para juzgarlo, dado sus gustos caros, no podía evitar sentir una aversión total por el tipo. Keith solía entrar y salir cuando le apetecía, la mayoría de las veces para acudir a clubs, fiestas o cosas así. Le encantaban las mujeres bonitas, a quienes solía dedicar su total atención en aquellos clubs y malgastaba el dinero en vinos caros y joyas más caras todavía. Alguna vez había intentado hacerle algún que otro regalo pero Crystal, a sabiendas que luego eso podría tener consecuencias, los rechazaba todos. Política de la empresa, alegaba y Keith tenía que tragárselo quisiera o no. 

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