sábado, 11 de enero de 2014

Gotas de lluvia



GOTAS DE LLUVIA

La noche era cerrada, sin luna que iluminase la ciudad. Las brillantes estrellas se encontraban ocultas tras negros nubarrones que amenazaban con descargar su furia de un momento a otro. No había un alma en las oscuras. Ninguna, salvo un hombre que paseaba nervioso por el viejo puente de piedra. El frío se le clavaba en los huesos y, por mucho que se frotara las manos y flexionara las rodillas, el entumecimiento del cuerpo y el temblor constante no se iban. Ni siquiera el caminar le servía.
Un incesante y marcado ruido rompió el silencio nocturno. Unos tacones caminando hacia él. El hombre miró a la recién llegada. Vestía totalmente de negro, guantes y gabardina incluidos. Sus rizos pelirrojos brillaban en la penumbra. Pese a su juventud, lucía un porte distinguido.
—Bu-buenas noches…..—Tartamudeó él. Notaba la boca pastosa, reseca.
— ¿tienes el dinero? —El hombre sacó un sobre marrón, arrugado, de la vieja chaqueta de ante y se lo entregó. El pulso le temblaba.
La mujer tomó el sobre y comprobó el contenido. A simple vista todo estaba en orden. Billetes usados, no continuos. La sonrisa de le crispó al contarlo.
— ¿¡Te crees que soy gilipollas!?— Sus fieros ojos le taladraron con fuerza, intimidándole. Eran de un azul claro como el hielo y poseían la misma frialdad. — ¡Aquí falta la mitad!
—S-solo necesito más tiempo…
—Frank, te dimos dos meses más porque nos aseguraste que lo podrías conseguir. No hay más tiempo para ti.
—Te juro que yo…
—Nada de excusas—le cortó ella— ¿Crees que es una broma?
El hombre negó con insistencia. La pelirroja sacó una pistola y le apuntó, la víctima cayó de rodillas, asustada. Sudaba como los cerdos y le miraba con los ojos llenos de lágrimas.
—   ¡No me mates!-gimoteó—Dile a tu jefe que le pagaré un extra….
—Mi jefe ya está cansado de ti, Frank. Y para serte sincera, no es el único que quiere verte muerto.
—Por Dios te lo pido….
—Todos sabemos que eres ateo, así que no implores a un dios en el que no crees.
—Por favor….si aún te queda algo de conciencia….
—Odio cuando se ponen a suplicar….Es patético-murmuró ella, al tiempo que una bala atravesaba el cráneo del hombre y se clavaba en la pared del puente. El silenciador de la pistola amortiguó el estruendo del disparo, evitando alertar a la población.
La joven mujer se acercó al cadáver y le quitó el dinero de la cartera. Era mejor que creyesen que había sido un robo, además un extra siempre estaba bien.                                                        
Sonrió de medio lado, guardó el arma y extrajo un paquete de cigarrillos del bolsillo derecho de la gabardina y se apoyó uno entre los labios para, a continuación, encenderlo y darle una calada. Expulsó el humo con lentitud y se alejó de allí, con paso sereno.
El agua del río estaba en calma. Lentamente, unas silenciosas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre la ciudad, borrando toda prueba incriminatoria.

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